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MÚSICA EN EL MUSEO Schumann y Schubert Dos quintetos
Museo Provincial de Bellas Artes 11 de marzo de 2.005 20:30 horas
FRANZ SCHUBERT Quinteto nº 667 para Piano, Violin, Viola, Violonchelo y Contrabajo
Allegro vivace Andante Scherzo, Presto Thema. Andantino Variación I-V – Allegretto Allegro giusto
ROBERT SCHUMANN Quinteto Op. 44 en mi bemol mayor para Piano, Violín, Segundo Violín, Viola y Violonchelo
Allegro brillante In modo d’una Marcia Scherzo. Molto vivace Allegro ma non tropo
Quinteto QULTURA
Piano: Ignacio Arenas Violín: José Belmonte Viola: Eva Navarro Violonchelo: Ivo Cortés
Segundo violín: Aurora Pérez Contrabajo: Francisco Lobo
SCHUBERT Y SCHUMANN, DOS QUINTETOS
Una encuesta tendente a averiguar los gustos personales de la generalidad de los aficionados, seguramente revelaría que Schubert es uno de los compositores favoritos. La fertilidad melódica, la sensualidad, su enorme variedad armónica, sus modos compositivos casi siempre poco novedosos, la transparente belleza, en fin, de sus obras de cualquier género, lo convierten en un autor atractivo y de muy fácil escucha. Muerto prematuramente pero con una vastísima producción, sus aportaciones al lied y a la música de cámara (en el fondo una misma cosa) son fundamentales, composiciones muy frecuentemente destinadas a ser interpretadas en las veladas musicales que organizaba con familiares y amigos, pintores, músicos, poetas...
Compuesto en 1819, el Quinteto para piano, violín, viola, violonchelo y contrabajo, conocido como “La Trucha, es su obra camerística más universalmente notoria. Al severo esquema de sonata, el creador le intercala, entre el Scherzo y el Finale Allegro, un movimiento –Tema con Variaciones basado en el lied “Die forelle” (La trucha) del propio compositor- que se iba a convertir en el foco y eje de la obra. El quinteto revela las peculiaridades de la obra de Schubert, algunas ya citadas: formas ortodoxas, pocas concesiones a la novedad, lo que no elimina ciertas modulaciones sorprendentes fruto de su fértil espontaneidad creadora, riquísimo caudal de melodías, éstas de una insólita amplitud, perfecta convivencia entre el buen humor, lo amable y encantador, con los pasajes sombríos, tristes, incluso dolientes, todo de una belleza deslumbrante.
El primer movimiento integra una introducción y dos temas, propios de la forma sonata, el segundo presentado entre el violonchelo y el violín, aunque este último anunciará un tercer tema corto de carácter intimista. Otra forma sonata de tres temas desprovistos de desarrollo constituye el segundo movimiento, emotivo y melancólico. El breve Scherzo muy rítmico nos lleva directamente al nudo del Tema con Variaciones que da nombre a la obra. El lied es sometido a cinco variaciones conservando escrupulosamente la melodía, perfectamente reconocible en todo momento, incluso en la cuarta variación, la más profunda y alejada del tema; en realidad el movimiento está formado por el tema, las variaciones y, de nuevo, el tema pero esta vez expuesto tal cual aparece en la canción original. Con el quinto movimiento alegre, rítmico y triunfante concluye una de las partituras más populares y brillantes del catálogo camerístico.
Robert Schumann, admirador de Schubert y el otro gran compositor de lieder, escribió su Quinteto para piano y cuerdas entre el 23 de Septiembre y el 16 de Octubre de 1842: una obra decisiva gestada en tan solo 23 días. En la historia de la pieza figura así mismo el fuerte contraste de opiniones que mereció en su época: vivamente alabada por Clara Schumann, Wagner y Mendelssohn, fue menospreciada por Liszt y Berlioz.
Por primera vez nos encontramos ante una obra maestra escrita para piano y cuarteto de cuerda, éste según su formación tradicional. Dedicado a su amada Clara, ilustre pianista, y compuesto para ella, a partir de entonces el piano se convertiría en elemento presente en toda su obra de cámara; en el propio quinteto el instrumento solamente deja de sonar en seis compases. De no ser por el importante papel del violonchelo, por el que el maestro tenía una visible predilección, la preponderante presencia del piano haría que la obra fuera demasiado “concertante”; sin embargo el genio inventivo del compositor (Schumann huía de la “vulgaridad tanto del concierto como de la ópera”) logra estructurarla sin fisuras consiguiendo un producto sólido, de un dinamismo y una frescura incomparable, en donde el rigor de la escritura para cuarteto queda tocado con la magia de la imaginación, la pasión renovadora, la gran capacidad de síntesis, el desprecio del puro virtuosismo, la libertad del espíritu creador, en definitiva, del Schumann más brillante. Me atrevería a decir que la obra es más sinfónica que concertante, si se me permite la licencia; hasta hay, tal vez, un anticipo de su enorme Sinfonía “Incompleta”.
La bellísima cancioncilla del violonchelo o la cita de una frase de la Pasión Según San Juan de Bach, en el primer movimiento, el irrepetible segundo, recuerdo vago de la marcha fúnebre de la Tercera Sinfonía de Beethoven, doloroso y hasta trágico, que bucea entre las tinieblas del alma, el gozoso Scherzo, lírico pero vehemente, y el Finale, luminoso, monumental, de sonoridades deslumbrantes, melódicamente riquísimo, con pasajes de ambigüedades tonales muy avanzadas, son algunas de las características destacables de esta obra maestra colosal.
Ricardo Olivera Avezuela
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