Asociación Qultura
 





JUAN CRISOSTOMO ARRIAGA (1806-1826)
Cuarteto nº 3 en Mi bemol mayor

Allegro
Andantino (Pastorale)
Menuetto (Allegro)
Presto agitato

El llamado Mozart español, nació en Bilbao en Enero de 1806 y murió en Paris cuando todavía no había cumplido los veinte años, dando muestras, en tan excepcionalmente corta vida, de unas dotes artísticas y musicales más que notables y una precocidad portentosa: su primera ópera la compuso a los once años. A pesar de su corta vida, su producción se extiende desde la sinfonía a la música sacra, pasando por la ópera y por la música de cámara, representada esta por diversas obras para diferentes formaciones y, sobre todo, por tres solventes e inspirados cuartetos publicados en 1823, para muchos sus obras más logradas. De formación parisina, ciudad en la que aprendió los secretos de la armonía, del contrapunto y del violín, sin embargo la vena creativa de Arriaga parece más bien inspirada en Boccherini, en el primer Beethoven y, ¡cómo no!, en Haydn.

Tal como establece la tradición, el autor construye cada uno de sus tres cuartetos en cuatro movimientos dispuesto de forma conservadora: un allegro muy clásico, un segundo movimiento lento de riqueza creativa y libertad de desarrollos, un minueto y un alegre final. En este sentido, Arriaga no hace suyas ninguna de las innovaciones, inicialmente tímidas, con las que ya han trabajado Mozart o Beethoven. No obstante y al margen de su bella inspiración, denotan sólida técnica, formas e instrumentaciones de rara maestría y notable madurez: a los veinte años el de Bonn no había compuesto un solo cuarteto.

Dentro de ese marco, en el cuarteto que hoy nos ocupa, el número tres, es donde se permite mayores libertades formales, rítmicas y melódicas, sin llegar a la audacia y ni tan siquiera a la novedad. El sencillo Allegro, una forma sonata perfectamente clásica, consta de un solo tema con un vago perfume español que va fluyendo, articulándose entre los instrumentos o acogido por los cuatro en unísono, haciendo también las veces de segundo tema; la sombra de Haydn (el Haydn más familiar a los gaditanos) se adivina perfectamente. El segundo y muy particular movimiento, Andantino, está integrado por una melodía lírica de carácter popular (Pastorale, orquestada muchos años después), interrumpida bruscamente por un tema vehemente in crescendo que, intercalado con unos vacilantes, dubitativos compases en piano, originan un movimiento que tiene algo de inquietante. Esta situación continúa de alguna manera y se dramatiza en el tercer movimiento antes de entrar propiamente en el Menuetto y en la repetición del tema. El Presto agitato descarga cuantas tensiones se hayan producido en los dos movimientos centrales, cerrando el círculo de la articulación instrumental del Allegro inicial y dotando así a la obra de un notable equilibrio y una gran brillantez; se desarrolla como una larga y alegre coda de bella instrumentación.

A pesar de que el llamado primer romanticismo marca el carácter de su música, el Cuarteto nº 3 de Arriaga requiere de los intérpretes una gran frescura interpretativa, un sonido hecho con trazos muy finos, especialmente nítidos (el refinamiento propio del clasicismo), lo cual exige un limitadísimo uso del vibrato. La obra es, no hay duda, una espléndida muestra de la elegante literatura camerística de la época, frecuentemente presente en los repertorios, compuesta por un maduro compositor de 17 años, alumno todavía del conservatorio.


DIMITRI SHOSTAKOVICH (1906-1975)
Cuarteto nº 3, en Fa Mayor, Op. 73

Allegretto
Moderato con moto
Allegro non troppo
Adagio
Moderato

Dimitri Shostakovich fue también un niño prodigio, en este caso como pianista y como compositor. De familia bastante liberal y tolerante, en 1918 (12 años de edad) escribió una marcha fúnebre en memoria de dos dirigentes del Partido Constitucional Democrático ruso que habían sido asesinados por bolcheviques. Alumno de Glazunov, ya desde sus tiempos de estudiante en Petrogrado sufrió las consecuencias de su falta de interés por la política en general y por el marxismo en particular, desinterés no siempre mantenido, lo que originó unas tortuosas relaciones con las autoridades rusas: sufrió reprobaciones, fue tildado de excesivamente formalista, de decadente, vulgar, perverso y neurótico, tuvo obras censuradas y hasta prohibidas, etc., a pesar de no haber adoptado nunca el dodecafonismo ni otras tendencias avanzadas de la época y de haber cultivado muchos de los postulados nacionalistas del “Grupo de los Cinco”. Sin embargo se hizo miembro del PCUS y llegó a ser integrante del Soviet Supremo y tomado como modelo de la resistencia rusa ante la ocupación nazi. Tal cúmulo de contradicciones llevó a algunos a decir que, en el fondo, fue un disidente clandestino.
De enorme producción, distribuida en la práctica totalidad de los géneros musicales, es en sus quince sinfonías y, sobre todo, en sus quince extraordinarios cuartetos en los que alcanza creatividad, madurez y profundidad difícilmente parangonables; constituyen sin duda su mayor y definitiva contribución a la música y uno de los monumentos más grandes de toda la historia del arte. Shostakovich no aborda el género hasta 1938, cuando ya ha estudiado profundamente a Haydn y a Beethoven; sumergido en ellos, encuentra allí el refugio ante los ataques exteriores y el vehículo de expresión de sus más profundos sentimientos y convicciones; nada tiene que fingir ni disimular, nada de subtítulos complacientes, no tiene que forzarse en componer para las masas.
El Cuarteto nº 3, amplio y virtuosístico, todavía muy deudor de los grandes maestros del género, es buena prueba de lo dicho y una obra genial. El compositor da rienda suelta a su creatividad, a su vena dramática o humorística (ambas conviven en raro maridaje), a su increíble arte en la instrumentación de la partitura que otorga brillos y protagonismos parejos a cada miembro de la formación sin perder nunca la unicidad tímbrica del conjunto. El conocido Allegretto inicial, optimista y juguetón, adopta la forma sonata clásica con un desarrollo sencillo y obstinado; la intensidad y la insistencia, que llegan a ser agobiantes, dan paso a un segundo movimiento atonal, moderato, dulce, melancólico, alla rusa, cantado por un protagonista primer violín con la compañía de la viola y posteriormente reexpuesto conservando el lirismo y una cierta oscuridad hasta su final. El humor e incluso lo grotesco que habíamos presenciado en el primer movimiento constituyen también la nota dominante del Allegro central en el que las marcadas alternancias rítmicas van rompiendo el discurso. En el Adagio la composición se torna grave, íntima, de un lirismo doliente y sombrío, y enlaza directamente con el Moderato final, intenso, oscuro y coral, refundición del carácter de la obra, a la que redondea, con una reexposición del tema del Adagio en registros graves y una coda con el violín como primus inter pares, desenlace sereno, introspectivo, intenso, uno de esos finales que imponen el silencio a los asistentes, que demandan no asesinar la quietud con el aplauso demasiado inmediato. Toda una experiencia estética, la de esta obra del genial Shostakovich.
Ricardo Olivera Avezuela